Latinoamerica-online

Cultura, Società e Il Mondo dei Caraibi

Voci dall'America Latina

 

di Mariella Moresco Fornasier

 

Altre Voci dall'America Latina

 

Le pagine della cultura

 

 

 

La historia de los otros, del Subcomandante Marcos

Nicaragua, terra di vulcani e di poeti

La edad de la inocencia, di Sergio Ramírez

Il paese sotto la pelle, di Gioconda Belli

Salmo 5, di Ernesto Cardenal

Poesía Libre - Editorial

Los dos Caballeros Andantes, di Augusto Roa Bastos

 

 

La mappa di tutte le nostre pagine

 

 

mondocaraibi@yahoo.it

 

La historia de los otros

 

Subcomandante Marcos 


Il testo è tratto da Relatos mexicanos posmodernos. Antología de prosa ultracorta, híbrida y lúdica, a cura di Lauro Zavala (ed. Alfaguara). Il libro raccoglie 23 racconti pubblicati in Messico tra il 1967 e il 2000. Tra gli autori segnaliamo: Augusto Monterroso, José Agustín, Alejandro Rossi, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Bárbara Jacobs, Paco Ignacio Taibo II.

 


De madrugada otra vez, bajo el amenazante avión la mar intenta leer un libro de poesía con la magra ayuda de un cabito de vela. Yo garabateo una carta para alguien que no conozco en persona, que tal vez habla otro idioma, tiene otra cultura, probablemente sea de otro país, sea de otro color y, es seguro, tiene otra historia. Pasa el avión y me detengo, un poco por escuchar y un mucho por darme tiempo a resolver el problema de escribirle una carta a otros diferentes. 
En ese momentos, por entre la niebla de la alta montaña e inadvertido por la mar, se llega el Viejo Antonio a mi lado y, dándome unos golpecitos en la espalda, enciende su cigarrillo y...


La historia de los otros


''Contaron los más viejos de los viejos que poblaron estas tierras que los más grandes dioses, los que nacieron el mundo, no se pensaban parejo todos. O sea que no tenían el mismo pensamiento, sino que cada quien tenía su propio pensamiento y entre ellos se respetaban y escuchaban. Dicen los más viejos de los viejos que de por sí así era, porque si no hubiera sido así, el mundo nunca se hubiera nacido porque en la pura peleadera se hubieran pasado el tiempo los dioses primeros, porque distinto era su pensamiento que sentían. Dicen los más viejos de los viejos que por eso el mundo salió con muchos colores y formas, tantos como pensamientos había en los más grandes dioses, los más primeros. Siete eran los dioses más grandes, y siete los pensamientos que cada uno se tenía, y siete veces siete son las formas y colores con los que vistieron al mundo. Me dice el Viejo Antonio que le preguntó a los viejos más viejos que cómo le hicieron los dioses primeros para ponerse de acuerdo y hablarse si es que eran tan distintos sus pensamientos que sentían. Los viejos más viejos le respondieron, me dice el Viejo Antonio, que hubo una asamblea de los siete dioses junto con sus siete pensamientos distintos de cada uno, y que en esa asamblea sacaron el acuerdo. 


''Dice el Viejo Antonio que dijeron los viejos más viejos que esa asamblea de los dioses primeros, los que nacieron el mundo, fue mucho tiempo antes del ayer, que mero fue en el tiempo en que no había todavía tiempo. Y dijeron que en esa asamblea cada uno de los dioses primeros dijo su palabra y todos dijeron: 'Mi pensamiento que siento es diferente al de los otros'. Y entonces quedaron callados los dioses porque se dieron cuenta que, cuando cada uno decía 'los otros', estaba hablando de 'otros' diferentes. Después de que un rato se estuvieron callados, los dioses primeros se dieron cuenta que ya tenían un primer acuerdo y era que había 'otros' y que esos 'otros' eran diferentes del uno que era. Así que el primer acuerdo que tuvieron los dioses más primeros fue reconocer la diferencia y aceptar la existencia del otro. Y qué remedio les quedaba si de por sí eran dioses todos, primeros todos, y se tenían que aceptar porque no había uno que fuera más o menos que los otros, sino que eran diferentes y así tenían que caminar. 


''Después de ese primer acuerdo siguió la discusión, porque una cosa es reconocer que hay otros diferentes y otra muy distinta es respetarlos. Así que un buen rato pasaron hablando y discutiendo de cómo cada uno era diferente de los otros, y no les importó que tardaran en esta discusión porque de por sí no había tiempo todavía. Después se callaron todos y cada uno habló de su diferencia y cada otro de los dioses que escuchaba se dio cuenta que, escuchando y conociendo las diferencias del otro, más y mejor se conocía a sí mismo en lo que tenía de diferente. Entonces todos se pusieron muy contentos y se dieron a la bailadera y tardaron mucho pero no les importó porque en ese tiempo todavía no había tiempo. Después de la bailadera que se echaron los dioses sacaron el acuerdo de que es bueno que haya otros que sean diferentes y que hay que escucharlos para sabernos a nosotros mismos. Y ya después de este acuerdo se fueron a dormir porque muy cansados estaban de haberse bailado tanto. De hablar no estaban cansados porque de por sí muy buenos eran para la habladera estos primeros dioses, los que nacieron el mundo, y que apenas estaban aprendiendo a escuchar." 


No me di cuenta a qué hora se fue el Viejo Antonio. La mar duerme ya y del cabito sólo queda una mancha deforme de parafina. Arriba el cielo empieza a diluir su negro en la luz del mañana... 

Nicaragua, terra di vulcani e di poeti

 

 

Fu un suo grande poeta, Ruben Darío, a segnare nell’800 la svolta di tutta la letteratura latinoamericana, svincolandola dai modelli europei e avviando una ricerca stilistica autonoma.

Il Nicaragua fu anche il paese che nel 1979 iniziò una rivoluzione particolarissima, in cui confluirono idealmente e lavorarono fianco a fianco proletari e letterati, sacerdoti e guerriglieri marxisti. Una rivoluzione che pose immediatamente tra le sue priorità irrinunciabili il diritto per tutti all’arte, alla musica, alla pittura, alla poesia.

Continuando l’eccezionale esperienza artistica e umana iniziata nel piccolo arcipelago di Solentiname da Ernesto Cardenal, sacerdote e poeta che fece nascere talleres di pittura tra i poveri pescatori e contadini con i quali meditava le Sacre Scritture e scriveva il Vangelo di Solentiname, sorsero in tutto il Nicaragua gruppi artistici popolari.

 

Ricordando quella eccezionale stagione di entusiasmi e speranze nella possibilità di costruire un mondo in cui l’arte e la cultura fossero riconosciute come un diritto inalienabile per ogni essere umano, proponiamo alcuni brani che possono illustrare il clima di quegli anni.

Sono stati scelti fra i lavori dei tre autori più importanti, la cui opera è conosciuta e apprezzata a livello internazionale.

 

Di Sergio Ramírez, scrittore ed ex vicepresidente durante il governo sandinista (1980-1990), presentiamo un brano tratto dal libro Adiós Muchachos, memoria de la Revolución Sandinista (ed. Aguilar, Città del Messico 1999), in cui si racconta l'ingresso delle colonne guerrigliere vittoriose a Managua il 20 luglio 1979.

 

Gioconda Belli, pubblicata anche in Italia, scrive pagine di ricordo dell’esperienza rivoluzionaria e di fiducia nel futuro del suo paese (da Il paese sotto la pelle, ed. e/o, 2000).

 

Ernesto Cardenal, poeta dalla molteplice ispirazione, religiosa e politica, è l’autore del Salmo 5 (da Antología, Editorial Nueva Nicaragua, 1983), vibrante di indignazione contro le menzogne dei potenti e di fiducioso abbandono in Dio.

Ministro della Cultura per tutto il periodo del governo sandinista, promosse molte iniziative artistiche a livello popolare, tra le quali i Talleres de Poesía, dei quali uscì una “rivista”, Poesía Libre, stampata su semplice carta da pacchi  unita da una cordicella, che si poteva comperare a poco sui banchetti dei mercati.

 

Del n. 1 pubblichiamo il breve editoriale, una sorta di “manifesto” poetico-politico, e il primo brano poetico: il più antico canto in lingua nahuatl, testimonianza della sensibilità artistica degli antichi abitanti del Nicaragua (Poesía Libre, año 1, núm. 1, julio de 1981).

 

[Mariella Moresco Fornasier]

 

novembre 2001

La edad de la inocencia

por Sergio Ramírez

 

 

 

El mediodía del 20 de julio de 1979 las columnas guerrilleras entraron en triunfo a la Plaza de la República en Managua, bautizada ese mismo día como Plaza de la Revolución. En un formidable desorden, los combatientes llegaban a pie, en camiones militares, en autobuses requisados, subidos sobre el lomo de las decrépitas tanquetas arrebatadas a las tropas de la dictadura, y se revolvían con la multitud que estaba allí esperándolos para celebrar con ellos la gran fiesta de sus vidas. El Presidente títere Urcuyo Maliaños se había fugado tras los pasos del último Somoza, que se llevó al destierro las osamentas de su padre y de su hermano, y se había esfumado la Guardia Nacional, hija de la intervención militar norteamericana, los últimos oficiales en huir asaltando a punta de pistola a los aviones de la Cruz Roja, y los últimos soldados que quedaban en los cuarteles del Batallón Presidencial en la Loma de Tiscapa dejando en reguero sus uniformes, cananas, cantimploras y fusiles. 

 

Los cinco miembros de la Junta de Gobierno que sustituíamos a Somoza, entramos por un costado de la plaza subidos a la cisterna de un camión de bomberos que dejaba oír hasta el aturdimiento su sirena, mientras los guerrilleros convertidos en nuestros escoltas improvisados disparaban al aire, desde los estribos y las barandas del camión, ráfagas nutridas de sus fusiles Galil orgullosos de su conquista, pues eran los fusiles israelitas de la guardia pretoriana de Somoza, y las descargas cerradas se multiplicaban por todos los ámbitos de la plaza como si los tiros que habían sobrado quisieran ser agotados de una vez, sonaban las campanas rotas de la vieja catedral desquebrajada por el terremoto de 1972, y gritos de alegría, aplausos en cascadas, consignas en coros, lágrimas que bañaban los rostros y risas como resplandores en los rostros bañados en lágrimas, una música de marimba que venía de los altoparlantes de una camioneta de anuncios callejeros que no podía abrirse paso entre las banderas, las pancartas, las sombrillas de colores, racimos de gente subida en los árboles del Parque Central vecino, en las cornisas y en las torres de la catedral, en las azoteas del Palacio Nacional.


Y yo lo que recordaba mientras avanzábamos entre el mar de cabezas era el silencio de minutos antes, cuando el camión de bomberos rodaba lentamente por las calles desiertas desde el parque de las Piedrecitas, en la carretera sur, un silencio sobrenatural bajo el distante cielo luminoso, como si el mundo se hubiera vaciado para siempre de ruidos, y de aire, porque las hojas de los laureles de la india donde revoloteaban los zanates clarineros, y los mangos de espeso verdor en las veredas no se movían, vacías las casas con las puertas abiertas como ante una huida repentina, la huida de todo el mundo hacia la plaza. 

 

Al final de la celebración entramos en el Palacio Nacional porque el Embajador del Presidente Carter, William Bowdler, empeñado todavía en su papel negociador, insistía en que el Arzobispo de Managua, Monseñor Miguel Obando y Bravo, debía traspasar el poder a la Junta de Gobierno; y entonces me encontré en el vestíbulo con Regis Debray, en traje de safari de un color kaki desvaído, las aureolas de sudor bajo las axilas. No lo conocía más que por las fotos, y en una de ellas lo recordaba sentado en el banco de la sala del tribunal militar en Bolivia, entre sus guardianes. Sonriente, se atizó el bigote abundante, ya para decirme algo. Pero yo me adelanté. Recordaba un artículo suyo de hacía pocos meses, no recuerdo si en Le Monde, afirmando que las revoluciones armadas ya no eran posibles.
¿Has visto? le dije. Se pudo.


Se pudo, habíamos llegado, el mundo iba a ser volteado al revés, el sueño de Sandino se vería cumplido, no más sumisión a los yankis, se acababa la explotación, los bienes de los Somoza iban a ser del pueblo, la tierra de los campesinos, los niños serían vacunados, todo el mundo aprendería a leer, los cuarteles se convertirían en escuelas, comenzaba una revolución sin fin, la retórica calzaba con la realidad porque las palabras eran carne y hueso con la verdad de los deseos sin que ningún cálculo pudiera intermediarlos. 


Después, en una crónica de los sucesos de ese día, Debray escribió que la característica más notable de los jefes guerrilleros era su flacura, contrario a la gordura soez de los somocistas derrocados. Flacos por los rigores de la guerra, las penurias de los combates cotidianos, las marchas forzadas, los días sin probar bocado. Flacos en los puros huesos, barbados y con el olor de viejos sudores pegados en los uniformes verdeolivo, comiendo poco, y sin dormir, y a pesar de los desvelos, dormir parecería de ahora en adelante un pecado capital, sólo en la vigilia uno no se perdía nada de lo que ocurría, demasiados sucesos como para que la mente pudiera asentarlos, y se quedaban al fin y al cabo en sensaciones, en ansiedad, en deseo, en una visión de futuro que de tan múltiple no podía sino quitar el sueño.


Y los protagonistas de la revolución eran, además, muy jóvenes, los muchachos, chavalos menores de edad a la cabeza de centenares de combatientes tan jóvenes como ellos. La liberación de León sólo se había resuelto tras rudos combates, calle por calle, bajo el bombardeo de los aviones, y en medio del incendio de manzanas enteras; y Dora María Téllez, que sólo tenía veintidós años, al mando de una tropa de adolescentes había sacado de todos sus reductos a la Guardia Nacional, hasta hacer huir del Cuartel Departamental al General Gonzalo Everstz, el temible Vulcano, protegido entre niños y mujeres que tomó de rehenes para llegar hasta el Fortín de Acosasco, de donde sería expulsado también después; y ni siquiera veinticinco años tenía el Comandante Francisco Rivera (El Zorro), el héroe de la liberación de Estelí.

 

En una foto de ese día, que alguien tomó al azar, yo aparezco abrazado a varios guerrilleros, entre ellos el comandante Elías Noguera, el lugarteniente más inmediato de El Zorro, con su sombrero de ranger al sesgo sobre los rizos oscuros, el barbiquejo amarrado a la barbilla. Él se ve flaco, y yo me veo flaco y peludo, un cabello de semanas sin cortar, el ancho cinturón de baqueta sosteniéndome los bluyines; y sumada al grupo, sonriente, también abrazada a nosotros, está una mujer del pueblo, muy pobre, el pelo abundante revuelto en greñas, en su blusa una escarapela improvisada, dos trozos de tela arrancados quién sabe de qué vestidos viejos y cosidos para formar la bandera sandinista, la bandera que Sandino había levantado por primera vez en las montañas de las Segovias al empezar su guerra contra la intervención extranjera en 1927; y el rostro de esa mujer, en el contraste de la foto en blanco y negro, al verla ahora, tiene la majestad que sólo la historia pone a los rostros, y que parecen más contemporáneos mientras más se alejan.

Il paese sotto la pelle

di Gioconda Belli

 

 

 

Ogni tre o quattro mesi ritorno in Nicaragua.  Appena arrivata vengo presa dal vortice delle cose da fare, dal telefono che suona senza posa, dagli amici che vengono e mi mettono al corrente degli ultimi intrighi politici, delle ultime lotte, dei loro progetti, amori, odi, delle loro perplessità. Delle possibilità future che si intravedono appena. Mi sistemo e continuo le battaglie che non mancano mai, quelle che mi hanno portata a lasciare il Fronte Sandinista e a unirmi a un movimento per rinnovare il sandinismo a partire da una proposta etica che rifiuta l’opportunismo e la filosofia del fine che giustifica i mezzi. Continuo a essere una cittadina qualsiasi del mondo, fervidamente convinta che il nostro pianeta sopravviverà soltanto se si riuscirà a dare un equilibrio alle assurde disuguaglianze che creano discriminazioni. Ora ho una casa piccola e accogliente a Managua, in un luogo dal quale si vede il mio amato paesaggio. Non appena guardo i vulcani e il lago, la mia anima si riappropria del corpo e godo della sensualità conosciuta e familiare, dell’aria e dei suoni del tropico delle mie passioni. Il mio essere sociale si riconosce negli altri per la storia comune che abbiamo condiviso, per le esperienze collettive che sono ancora, oggi come ieri, una fonte di forza e di soddisfazione. Le mie radici assorbono nutrimento dal calore, dai tramonti di fuoco.

 

Ora che ho vissuto la mia vita fino a questo punto posso affermare che non c’è niente di donchisciottesco né di romantico nel voler cambiare il mondo. E’ possibile. E’ il mestiere al quale l’umanità si è dedicata da sempre. Non concepisco una vita migliore di quella vissuta con entusiasmo, dedicata alle utopie, al rifiuto ostinato dell’inevitabilità del caos e dello sconforto.

Il nostro mondo, ricco di potenzialità, è e sarà il risultato dello sforzo che noi, i suoi abitanti, gli consacreremo. Come la vita che sorse da processi di adattamento e di modificazione, il sistema sociale che ci porterà a realizzare pienamente il nostro potenziale come specie sorgerà dai flussi e riflussi delle lotte e dagli sforzi collettivi, nelle diverse regioni del pianeta.

 

Il futuro è una costruzione che si realizza nel presente, e per questo concepisco la responsabilità verso il presente come l’unica responsabilità seria verso il futuro. L’importante, me ne rendo conto ora, non è vedere tutti i propri sogni realizzati, ma continuare ostinatamene a sognarli. Avremo nipoti e avranno a loro volta dei figli. Il mondo continuerà e la sua rotta non ci sarà estranea. La stiamo decidendo noi giorno dopo giorno, che ne abbiamo coscienza o no.

 

I miei morti, le mie morti, non sono stati inutili. L’esistenza è una corsa a staffetta lungo una strada infinita. Negli Stati Uniti, come in Nicaragua, sono la stessa donchisciotte che ha appreso, nelle battaglie della vita che, se le vittorie possono essere un miraggio, possono esserlo anche le sconfitte.

Salmo 5

por Ernesto Cardenal

 

 

Escucha mis palabras oh Señor.

                                Oye mis gemidos.

Escucha mi protesta.

Porque no eres tú un Dios amigo de los dictadores

Ni partidario de su política

Ni te influencia la propaganda

Ni estás en sociedad con el gangster.

 

No existe sinceridad en sus discursos

Ni en sus declaraciones de guerra.

 

Hablan de paz en sus discursos

mientras aumentan su producción de guerra

 

Hablan de paz en las Conferencias de Paz

Y en secreto se preparan para la guerra.  

                                Sus radios mentirosos rugen toda la noche.

 

Sus escritorios están llenos de panes criminales

                              y expedientes siniestros.  

Pero tú me salvarás de sus planes.

 

Hablan con la boca de las ametralladoras.

Sus lenguas relucientes son las bayonetas ...

 

Castígalos oh Dios

                              malogra su política

Confunde sus memorandum

                              impide sus programas.

 

A la hora de la Sirena de Alarma

tú estarás conmigo

 serás mi refugio el día de la Bomba.

 

Al que no cree en la mentira de sus anuncios comerciales

ni en sus campañas publicitarias ni en sus campañas politicas

                             tú lo bendices.

Lo rodeas con tu amor

                            como con tanques blindados.

Poesía Libre

 

Editorial

   

Esta es y será una revista exclusivamente de poesía, para divulgar poesía y para que el pueblo nicaragüense pueda encontrarse y confrontarse con la poesía. Poesía libre, es decir, poesía en la libertad y por la libertad nicaragüense y sandinista. Poesía en libertad, y por tanto en invención de formas expresivas y conjugando tendencias diversas. Aquí alcanzarán poemas en prosa y verso y en forma de diálogos, de cartas o epístolas y testimonios. Todo lo que sea palabra creadora o creación con la palabra. Poesía pidiendo vía libre desde el pueblo para abrazarse con su pueblo y para arrastrar y arrasar con los poetas de todas las edades y generaciones nicaragüenses, latinoamericanas y universales. Aparecerá mensualmente o las veces que la  poesía necesite salir o el pueblo necesite de poesía.

 

 


 

 

Cantos de los Nicaraguas

Iniciamos la publicación de la revista Poesía Libre con este poema que es el más antiguo que se conoce de Nicaragua. Fue traducido del nahuatl por el gran nahuatlista mexicano Angel María Garibay y publicado en su libro Llave del Nahuatl. Este poema sería hecho cuando comenzaba la larga noche de la conquista. Pero ahora para todos lo Nicaraguas el amanecer ya dejó de ser una tentación.

 

 

Cuando se mete el sol mi señor, mi señor,

me duele, me duele el corazón.

Murió, no vive el sol,

el fuego del día.

Te quiero, yo te quiero

fuego del día, sol no te vayas.

Mi corazón, mi corazón llora.

Fuego del día no te vayas,

no te vayas fuego.

Se fue el sol.

Mi corazón llora.

Los dos Caballeros Andantes

por Augusto Roa Bastos

 

 

Augusto Roa Bastos, uno dei più grandi protagonisti della letteratura latinoamericana, è il simbolo stesso del suo Paraguay, distrutto e dominato da dittatori che, dopo averne causato la rovina, lo hanno trasformato in un enorme carcere per qualunque voce dissidente.

Roa Bastos, ormai ottantacinquenne, ha scritto tutta la sua opera negli oltre quarant'anni di esilio, conclusosi solo alla fine degli anni Ottanta con la caduta del dittatore Alfredo Stroessner, al potere dal 1954. 

 

Nel 1989 si verificarono due eventi molto importanti per il paese: la destituzione di Stroessner e la conseguente possibilità del rientro in patria di molti esiliati, tra i quali lo stesso Roa Bastos, e il conferimento a quest'ultimo del Premio Cervantes, un importantissimo riconoscimento alla sua opera.

 

Tra i suoi romanzi, quello che gli ha dato celebrità a livello internazionale è stato Yo el Supremo, ispirato alla figura di Don José Gaspar Rodríguez de Francia, primo dittatore del Paraguay.
All'analisi del personaggio e al suo confronto con don Chisciotte, l'immortale creatura di Cervantes che Roa Bastos considera l'immagine riflessa (e perciò specularmente opposta) del dittatore Francia, cui lo accomuna la ricerca dell'Assoluto, è dedicato il discorso pronunciato in occasione del ritiro del prestigioso premio che nell' 'eccellenza' dei loro scrittori unisce idealmente la Spagna all'America ispanica.   

 

[Mariella Moresco Fornasier]

 

 

(il testo che segue è un estratto dell'intero discorso)

 

          

La concesión del premio me confirmó la certeza de que también la literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje. No es entonces la literatura -me dije con un definitivo deslumbramiento- un mero y solitario pasatiempo para los que escriben y para los que leen, separados y a la vez unidos por un libro, sino también un modo de influir en la realidad y de transformarla con las fábulas de la imaginación que en la realidad se inspiran. Es la primera gran lección de las obras de Cervantes.  

 

Hace un momento hablaba de un hecho que me enorgullece: el haber plasmado mi novela Yo el Supremo en el modelo del Quijote con esa apasionada fidelidad que puede llevar a un autor a inspirarse en las claves internas y en el sentido profundo de las obras mayores que nos influyen y fascinan. El núcleo generador de mi novela, en relación con el Quijote, fue la de imaginar un doble del Caballero de la Triste Figura cervantino y metamorfosearlo en el Caballero Andante de lo Absoluto; es decir, un Caballero de la Triste Figura que creyese, alucinadamente, en la escritura del poder y en el poder de la escritura, y que tratara de realizar este mito de lo absoluto en la realidad de la ínsula Barataria que él acababa de inventar; en la simbiosis de la realidad real con la realidad simbólica, de la tradición oral y de la palabra escrita.

 

Imaginé que este vicediós del Poder hubiese leído la sentencia que se lee en el Persiles: "No desees, y serás el más rico hombre del mundo". Cervantes lo deseó todo y fue el hombre más pobre del mundo, al menos en lo material, pero volvió ricos a los hombres de todos los tiempos con su obra imperecedera. El Supremo Dictador de la República sólo deseó el poder absoluto y lo tuvo en sus manos sin dejar de ser también el hombre más pobre del mundo, puesto que su riqueza era de otra especie. Le bastó al déspota ilustrado que el país de cuya emancipación había sido el inspirador y ejecutor fuese el más independiente y autónomo en la América de su tiempo. Aquí comenzó la contradicción de lo absoluto en el espacio de la historia que es el reino por antonomasia de lo relativo: la libertad como producto del despotismo; la independencia de un país bajo el férreo aparato de una dictadura perpetua.

 

Mi Caballero Andante, tocado por la locura iluminista, luchó también con gigantes y fierabrases que salían a combatirle no desde los libros de caballería, sino desde la concreta realidad de los pueblos iberoamericanos mestizos, independizados políticamente pero que seguirían siendo, por mucho tiempo aún, colonizados y neocolonizados en su vida individual y colectiva.

 

Místico extraviado en los laberintos de su ínsula terrestre, el solitario y adusto ermitaño de Paraguay trocó entonces su pasión jacobina en la pasión de lo absoluto, que acabó Gervasio Artigas, cuando éste fue traicionado y perseguido por los enemigos de la causa americana.

 

Mi expectativa, en tanto autor, era ver estallar esta entidad del poder absoluto en contradicción con la ineluctable coacción de lo relativo. Pero el personaje ficticio no estalló en el encontronazo de esas dos dimensiones contrarias pero indisociables. La infinitud de lo absoluto dentro del espacio concreto de la relatividad histórica sólo era posible en la dimensión a la vez imaginaria y real de la escritura.

 

El protagonista de mi novela, inspirado en el personaje central de la historia paraguaya -el Supremo Don José Gaspar Rodríguez de Francia, hecho Dictador Perpetuo de la República, según el modelo de la antigua ley romana- resultó más fuerte que la muerte, porque ya estaba muerto sin saber que lo estaba.

 

Desde esos estados de la vida más allá de la muerte, de los que habla el Dante, desde ese solio de transmundo instalado en una cripta, donde moraba como un yacente y sombrío Dios Término, subía esa voz, ese monólogo críptico inacabable: la palabra oral dictada por el Supremo a la escritura: esa palabra que se oye primero y se escribe después, como en los grandes libros de la humanidad escritos para el pueblo para que los particulares lo lean. El pueblo se salvó, pero en el diktat de el Supremo quedó enterrada la malsana semilla del despotismo.

 

Rencorosos ventadores quisieron en vano arrancar la raíz de esa terrible mandrágora del poder. Una luz mala siguió poblando de fuegos fatuos las noches paraguayas y llenando su aire tenue con dictadores grotescos y paródicos. Personajes de una picaresca descomunal veteada de sangre y con olor a fiera. Cervantes no pudo soñarla porque no le dejaron conocer América, donde él soñaba que se había refugiado el último reino de los Caballeros Andantes en medio de esas soledades de selvas y ríos y desiertos y montañas inconmensurables como el mundo.

 

Vayamos al fin del imposible paralelo entre los dos personajes emblemáticos, entre estas dos figuras opuestas y extremas -una sombría, luminosa la otra- que quizá se toquen en algún punto en la esfera de la imaginación; esa esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, como decía de la suya Pascal.

 

Don Quijote continúa cabalgando, "desfaciendo entuernos", enamorado del amor, de la dignidad, de la libertad, en los que la vida y el ser humano tienen sus raíces primordiales. El Supremo Dictador, en su cripta, con el amargo sabor de lo absoluto fermentado en la boca, dice a modo de despedida: "Detrás de mí vendrá el que pueda". Y con la tumba al hombro comienza a errar sin término por los laberintos de la historia que lo aniquila y lo desvanece en el ruido y la furia de lo relativo.

 

Don Quijote, disuelto en Alonso Quijano o Quijada -del que es oriundo-, sucumbe en la mansa y resignada dimisión de su muerte. Lo vemos humillar sus banderas sobre la sólida losa del sentido común. Don Quijote, transformado otra vez en Alonso Quijano, el Bueno, inclina las banderas rebeldes de su Moira sobre la sensatez de los tópicos tranquilizadores a los que el ánima contrita se aferra en la agonía del tránsito temiendo que la muerte sea el fin de todo.

 

Alonso Quijano o Quijada (no Don Quijote) acepta la derrota de los ideales caballerescos, admite el triunfo de los estereotipos, anula toda voluntad transgresiva, toda rebeldía, la desmesura de locas y sabias aventuras bajo el resplandor del ideal heroico. Alonso Quijano no es más que un hombre de corazón simple. Cervantes no podía abolir la existencia ya inextinguible de Don Quijote. Hace morir a Alonso Quijano, que es lo natural en toda vida humana, pero "alegrándose en profecía" -parafraseo las palabras de su última dedicatoria, escrita tres días antes de su muerte, al conde de Lemos- de que las andanzas del Quijote continuarán sin término contra follones, malandrines y traidores de toda laya.

 

El símbolo de esta derrota final no es entonces sino la ceniza de la que el fénix del Caballero Andante renacerá sin cesar. Muere Alonso Quijano, el hombre común, corriente y moliente, pero no Don Quijote ni tampoco Sancho, quienes -en la unidad de los contrarios- seguirán cabalgando juntos en la aventura de rescatar de las sombras el misterioso, el inagotable resplandor de la vida, de la belleza, de la lealtad, del valor, de la esperanza, de la libertad.  

No pudo entrar Cervantes en América, pero sí lo hicieron sus libros llevando su presencia y su genio. Estos libros, empero, no entraron en Paraguay. La ausencia inaudita duró casi dos siglos desde la edición príncipe del Quijote, mientras las sucesivas ediciones de toda su obra invadían literalmente América.

 

Los hechos culturales producen a veces estas incógnitas inexplicables, estas fallas que a veces se les escapan a las agujas del azar en el entramado novelesco de los hechos históricos. De pronto, sin embargo, en algún festejo popular de Paraguay he visto a algún caballero de la Triste Figura montado en rocín flaco, con yelmo de trapo y lanza de caña de Castilla, jugando a los fuegos de San Juan. ¿Por dónde se filtraron estos fantasmas o estrellas errantes de la imaginación mítica?

 

He solido pensar -para encontrar las razones de esta ausencia inverosímil- que la Asunción colonial, Madre de Pueblos y Nodriza de Ciudades, según la bautizaran cédulas reales, estuvo siempre ocupada en asuntos de mucha monta para que su gente de pro (y aun la que no lo era) pudiera ponerse a leer libros de esparcimiento; esos libros de "romances mentirosos y de vana profanidad", según rezaban las cédulas que prohibían en vano la entrada de la imaginación en América, el continente por antonomasia de la imaginación y del deseo.

 

Lo cierto es que el Quijote tampoco pudo entrar en Paraguay. No se lo leyó hasta después de su independencia, en 1811. La maternal Asunción tuvo que fundar y refundar ciudades (la segunda Buenos Aires, entre varias otras), las ciudades nómadas del interior perseguidas por los bandeirantes paulistas y por las belicosas tribus no reducidas. Se estableció el imperio jesuítico o República Cristiana de los Guaraníes. Estalló la Revolución de los Comuneros producida por los mancebos de la tierra en la huella de los comuneros de Castilla.

 

Ya en el periodo independiente, y convertida en la nación más adelantada material y culturalmente de América del Sur, una guerra de cinco años produjo la ruina total del país hispano-guaraní. A partir de este holocausto, la historia de Paraguay no fue más que una "obnubilación en marcha", como sentencia Ciorán; una "pesadilla que arroja a la cara ráfagas de su enorme historia", según las palabras de Rafael Barrett, uno de los grandes españoles que  adoptaron el dolor paraguayo.

 

Alguna conseja de la tradición oral murmura en mi país que, en algún hoy de los antiguos tiempos, el Gran Karaí (señor, en guaraní) del Supremo Poder tenía en su austero y casi monacal despacho, colmado de libros y legajos, un atril proveniente de alguno de los templos confiscados. El Supremo Dictador nacionalizó la Iglesia y promulgó el Catecismo Patrio Reformado, pues el vicediós unipersonal no sólo creyó haber implantado su reino del poder absoluto, del absolutamente poder; decidió fundar, asimismo, su propia religión acerca de la cual la copla popular ironiza festivamente.

 

De la aventura teológica, no quedó más que el atril en el ruinoso despacho de la Casa de Gobierno. Y diz también la conseja que sobre ese atril reposaba un gran libro abierto del que colgaba hasta el piso un señalador de púrpura. La memoriosa tradición oral no dice de qué libro se trataba. A la tradición le basta saber que sabe. De que el libro era leído con frecuencia sí daban testimonio las páginas que diz que se hallaban muy sobadas y llenas de extrañas notas escritas en los márgenes. También el mar de velas en el que debió bogar el lampadario de bronce, erguido en el tenebrario. 

 

Esas velas de una tenaz vigilia, de una perpetua vela de armas, dejaron en torno al atril una capa de lava, de azufre, de sebo, completamente recubierto de moho y de parietarias casi fosilizadas. Eso dice la leyenda acerca del extraño libro que el Supremo Dictador leía y anotaba como un antiguo monje copista, o -según yo lo presumo- como otro furtivo Avellaneda que pretendía repetir por tercera vez el libro irrepetible, sin recordar la sentencia de Cide Hamete Benengeli sobre las aventuras del Quijote: "Sólo él pudo vivirlas, sólo yo pude escribirlas".

 

En la certidumbre de que no podía ser otro el libro, yo no hice más que poner, en mi novela, sobre el legendario atril, un libro, el Libro de todos los tiempos: el inmortal Don Quijote de la Mancha de don Miguel de Cervantes Saavedra, Supremo Señor de la Imaginación y de la Lengua. 

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