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Voci dall'America Latina

 

di Mariella Moresco Fornasier

 

 

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Il Che scrittore

Silvia Vainberg - una goccia di silenzio

 

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mondocaraibi@yahoo.it

 

Il Che scrittore

 

 

In occasione del 35mo anniversario della sua morte in Bolivia, presentiamo un aspetto insolito  della versatile personalità del Che: quello di scrittore e poeta.

Il breve racconto e le tre poesie  sono state pubblicate sul n. 74 della rivista culturale digitale La Jiribilla  (www.lajiribilla.cu)

 

La Piedra

Ernesto Guevara de la Serna

Me lo dijo como se deben decir estas cosas a un hombre fuerte, a un responsable, y lo agradecí. No me mintió preocupación o dolor y traté de no mostrar ni lo uno ni lo otro. ¡Fue tan simple!

Además había que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me pregunté si podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es impersonal; no es que se le niegue el derecho a sentir, simplemente, no debe mostrar que siente lo de él; lo de sus soldados, tal vez.

Fue un amigo de la familia, le telefonearon avisándole que estaba muy grave, pero yo salí ese día.

Grave, ¿de muerte?

Sí.

No dejes de avisarme cualquier cosa.

En cuanto lo sepa, pero no hay esperanzas. Creo.

Ya se había ido el mensajero de la muerte y no tenía confirmación. Esperar era todo lo que cabía. Con la noticia oficial decidiría si tenía derecho o no a mostrar mi tristeza. Me inclinaba a creer que no.

El sol mañanero golpeaba fuerte después de la lluvia. No había nada extraño en ello; todos los días llovía y después salía el sol y apretaba y expulsaba la humedad. Por la tarde, el arroyo sería otra vez cristalino, aunque ese día no había caído mucha agua en la montañas; estaba casi normal.

Decían que el 20 de mayo dejaba de llover y hasta octubre no caía una gota.

Decían... pero dicen tantas cosas que no son ciertas.

¿La naturaleza se guiará por el calendario?

No me importaba si la naturaleza se guiaba o no por el calendario. En general, podía decir que no me importaba nada de nada, ni esa inactividad forzada, ni esta guerra idiota, sin objetivos. Bueno, sin objetivo no; solo que estaba tan vago, tan diluido, que parecía inalcanzable, como un infierno surrealista donde el eterno castigo fuera el tedio. Y, además me importaba. Claro que me importaba.

Hay que encontrar la manera de romper esto, pensé. Y era fácil pensarlo; uno podía hacer mil planes, a cual más tentador, luego seleccionar los mejores, fundir dos o tres en uno, simplificarlo, verterlo en papel y entregarlo. Allí acaba todo y había que empezar de nuevo. Una burocracia más inteligente que lo normal; en vez de archivar, lo desaparecían. Mis hombres decían que se lo fumaban, todo pedazo de papel puede fumarse, si hay algo dentro. Era una ventaja, lo que no me gustara podía cambiarlo en el próximo plan. Nadie lo notaría. Parecía que eso seguiría hasta el infinito.

Tenía deseos de fumar y saqué la pipa. Estaba como siempre, en mi bolsillo. Yo no perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy importante para mí tenerla. En los caminos del humo se puede remontar cualquier distancia, diría que se pueden creer los propios planes y soñar con la victoria sin que parezca un sueño; solo una realidad vaporosa por la distancia y las brumas que hay siempre en los caminos del humo. Muy buena compañera es la pipa; ¿cómo perder una cosa tan necesaria? Qué brutos.

No eran tan brutos; tenían actividad y cansancio de actividad. No hace falta pensar entonces y ¿para que sirve una pipa sin pensar? Pero se puede soñar. Sí, se puede soñar, pero la pipa es importante cuando se sueña a lo lejos; hacia un futuro cuyo único camino es el humo o un pasado tan lejano que hay necesidad de usar el mismo sendero. Pero los anhelos cercanos se sienten con otra parte del cuerpo, tienen pies vigorosos y vista joven; no necesitan el auxilio del humo. Ellos la perdían porque no les era imprescindible, no se pierden las cosas imprescindibles.

¿Tendría algo más de ese tipo? El pañuelo de gasa. Eso era distinto; me lo dio ella por si me herían en un brazo, sería un cabestrillo amoroso. La dificultad estaba en usarlo si me partían el carapacho. En realidad había una solución fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la quijada y me iría con él a la tumba. Leal hasta la muerte. Si quedaba tendido en un monte o me recogían los otros no habría pañuelito de gasa; me descompondría entre las hierbas o me exhibirían y tal vez saldría en el Life con una mirada agónica y desesperada fija en el instante del supremo miedo. Porque se tiene miedo, a que negarlo.

Por el humo, anduve mis viejos caminos y llegué a los rincones íntimos de mis miedos, siempre ligados a la muerte como esa nada turbadora e inexplicable, por más que nosotros, marxistas- leninistas explicamos muy bien la muerte como la nada. Y, ¿qué es esa nada? Nada. Explicación más sencilla y convincente imposible. La nada es nada; cierra tu cerebro, ponle un manto negro, si quieres con un cielo de estrellas distantes, y esa es la nada-nada; equivalente: infinito.

Uno sobrevive en la especie, en la historia, que es una forma mistificada de vida en la especie; en esos actos, en aquellos recuerdos. ¿Nunca has sentido un escalofrío en el espinazo leyendo las cargas al machete de Maceo? : eso es la vida después de la nada.

Los hijos; también. No quisiera sobrevivirme en mis hijos: soy un cuerpo extraño que perturba a veces su tranquilidad, que se interpone entre ellos y la madre.

Me imaginé a mi hijo grande y ella canosa, diciéndole, en tono de reproche: tu padre no hubiera hecho tal cosa, o tal otra. Sentí dentro de mí, hijo de mi padre yo, una rebeldía tremenda. Yo hijo no sabría si era verdad o no que yo padre no hubiera hecho tal o cual cosa mala, pero me sentiría vejado, traicionado por ese recuerdo de yo padre que me refregaran a cada instante por la cara. Mi hijo debía ser un hombre; nada más, mejor o peor, pero un hombre. Le agradecía a mi padre su cariño dulce y volandero sin ejemplos. ¿Y mi madre? La pobre vieja. Oficialmente no tenía derecho todavía, debía esperar la confirmación.

Así andaba, por mis rutas del humo cuando me interrumpió, gozoso de ser útil, un soldado.

¿No se le perdió nada?

Nada –dije, asociándola a la otra de mi ensueño.

Piense bien.

Palpé mis bolsillos; todo en orden.

Nada.

¿Y esta piedrecita? Yo se la vi en el llavero.

Ah, carajo.

Entonces me golpeó el reproche con fuerza salvaje. No se pierde nada necesario, vitalmente necesario. Y, ¿se vive si no se es necesario? Vegetativamente sí, un ser moral no, creo que no, al menos.

Hasta sentí el chapuzón en el recuerdo y me vi palpando los bolsillos con rigurosa meticulosidad, mientras el arroyo, pardo de tierra montañera, me ocultaba su secreto. La pipa, primero la pipa; allí estaba. Los papeles o el pañuelo hubieran flotado. El vaporizador, presente; las plumas aquí; las libretas en su forro de nylon, sí; la fosforera, presente también, todo en orden. Se disolvió el chapuzón.

Solo dos recuerdos pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi mujer y el llavero con la piedra, de mi madre, muy barato éste, ordinario; la piedra se despegó y la guardé en el bolsillo.

¿Era clemente o vengativo, o solo impersonal como jefe, el arroyo? ¿No se llora porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay derecho a olvidar, aún en la guerra? ¿Es necesario disfrazar de macho al hielo?

Qué sé yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: “mi viejo”, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”...

¿Está fuerte? A mí también me hace efecto; ayer casi me caigo cuando me iba a levantar. Es que no lo dejan secar bien, parece.

Es una mierda, estoy esperando el pedido a ver si traen picadura como la gente. Uno tiene derecho a fumarse aunque sea una pipa, tranquilo y sabroso ¿no?...

 


 

Y AQUÍ

"Soy mestizo", grita un pintor de paleta encendida,
"soy mestizo", me gritan los animales perseguidos,
"soy mestizo", claman los poetas peregrinos,
"soy mestizo", resume el hombre que me encuentra
en el diario dolor de cada esquina,
y hasta el enigma pétreo de la raza muerta
acariciando una virgen de madera dorada:
"es mestizo este grotesco hijo de mis entraña".

Yo también soy mestizo en otro aspecto:
en la lucha en que se unen y repelen
las dos fuerzas que disputan mi intelecto,
las fuerzas que me llaman sintiendo de mis vísceras
el sabor extraño de fruto encajonado
antes de lograr su madurez el árbol.

Me vuelvo en el límite de la América hispana
a saborear un pasado que engloba el continente.
El recuerdo se desliza con suavidad indeleble
como el lejano tañir de una campana.


PALENQUE

Algo queda vivo en la piedra
hermana de las verdes alboradas
tu silencio de manes
escandaliza las tumbas reales.
Te hiere el corazón la piqueta indiferente
de un sabio de gafas aburridas
y te golpea el rostro la procaz ofensa
del estúpido "¡Oh!" de un gringo turista.
Pero tienes algo vivo.

Yo no sé qué es,
la selva te ofrenda un abrazo de troncos
y aún la misericordia araña de sus raíces.
Un zoológico enorme muestra en alfiler
donde prenderatus templos para el trono,
y tú no mueres todavía.

¿Qué fuerza te mantiene,
más allá de los siglos,
viva y palpitante como en la juventud?
¿Qué dios sopla, al final de la jornada
el hálito vital en tus estelas?
¿Será el sol jocundo de los trópicos?
¿Por qué no lo hace en Chichen-Itza?
¿Será el abrazo jovial de la floresta
o el canto melodioso de los pájaros?
¿Y por qué duerme mas hondo a Quirigua?
¿Será el tañir del manantial sonoro
golpeando entre los riscos de la sierra?
Los incas han muerto, sin embargo.

Canto a Fidel

Vámonos,
ardiente profeta de la aurora,
por recónditos senderos inalámbricos
a liberar el verde caimán que tanto amas.

Vámonos,
derrotando afrentas con la frente
plena de martianas estrellas insurrectas,
juremos lograr el triunfo o encontrar la muerte.
Cuando suene el primer disparo y se despierte
en virginal asombro la anigua entera,
allí, a tu lado, seremos combatientes,
nos tendrás.

Cuando tu voz derrame hacia los cuatro vientos
reforma agraria, justicia, pan, libertad,
allí, a tu lado, con idénticos acentos,
nos tendrás.

Y cuando llegue el final de la jornada
la sanitaria operación contra el tirano,
allí, a tu lado, aguardando la postrer batalla,
nos tendrás.

El día que la fiera se lama el flanco herido
donde el dardo nacionalizador le dé,
allí, a tu lado, con el corazón altivo,
nos tendrás.

No pienses que puedan menguar nuestra entereza
las doradas pulgas armadas de regalos,
pedimos un fusil, sus balas y una peña.
Nada más.

Y si en nuestro camino se interpone el hierro,
pedimos un sudario de cubanas lágrimas
para que se cubran los guerrilleros huesos
en el tránsito a la historia americana.
Nada más.

Silvia Vainberg - una goccia di silenzio

 

Nata a Buenos Aires, ballerina  - formatasi alla Scuola del Teatro Colón di Buenos Aires - coreografa, insegnante di danza classica, moderna e di Cerimonia del Tè (Chado), pittrice e poetessa, Silvia Vainberg vive in Belgio dal 1980. Tra I suoi libri pubblicati, La rage du tournesol, Edition Maison International de la Poésie, 1990, tradotto in francese da Marcel Hennart; Astres en Vertige Edition l’Arbre à Paroles, 1992, Caligrafía del Espíritu, 1994; Por unos labios de profunda sed, 2000, tradotto in francese da Marcel Hennart.

 

dipinto di Silvia Vainberg

 

(v. Letteratura e Lingua:  A colloquio con la poetessa e pittrice argentina Silvia Vainberg)

 

Astres en vertige/Astros en vértigo

 

Poesia tratte dalla  traduzione al francese di Francis Chenot, ed. L’arbre à paroles, Amay, Belgio, 1992

 

[ p. 19]

 

Vestigia di astri in vertigine tra l’erosione di pietre.

Abbreviando in un rompicapo il paradiso

L’astrologo dipende da un ottavo giorno.

Sul guanto perenne

La sentinella registra il vincolo della polvere eccentrica

Del ciclone in transito sul

Pendolo dell’orbita di un ciclo vano

In un pendio virtuale.

Astronomicamente tutti gli echi

Portano verso I timpani

Un singhiozzo della pupilla del silenzio

 

 

[trad. di Elina Patanè]

     


 

Caligrafía del espíritu

 

Poesie tratte da Caligrafía del espíritu, Edición del fuego amarillo, Belgio, 1994

 

 

  [p.29]

 

La pace nel silenzio del

Sangue decifra la sua perfezione lunare.

Ormai non sono più negli specchi.

 

   

[p.30]

 

L’ultima domanda

Nell’intuizione del nascere: una piuma nella struttura del cratere.

La risposta: il cammino d’oro

Nell’errore paziente.

   

 

[p.31]

 

Il quarzo di neve

E la mente dello specchio

Coperti di sabbia nella ferita,

Come il cieco di mente

Nel perfetto specchio di ceneri.

Gli aspetti del corpo cadendo nella scena di un fiume sacro,

Decentrando la paura,

Attraverso l’oblio,

Pesante e leggero

Come il passo di una tigre

Sul tempo.

Il violento oblio di sé.

     

[p.32]

 

Filtrandosi nell’opaco

La tua immagine composta di ceneri

L’intera dissoluzione nella grazia

La tua voce dell’acclamazione.

Senza scappatoia l’essenza

Un disegno di Dio

Nell’illusione.

Creatura nella rottura della pelle

Allo scalpello consacrato.

 

 

[p. 34]

 

La crudezza di una pianta rotta

I frutti all’abbandono della specie.

Una corda nel laccio presa

È la memoria quando non ci sono più figli,

Gli spicchi più diletti di sè.

Nè sostanza nè forma,

Il serpente si consuma solo nel talismano,

Il sale etereo del grande specchio.

 

    [p.35]

 

ad António Ramos Rosa

 

 

Aspetti indecisi del verde nell’aria.

O neve dell’azzurro in una goccia ascendente.

Rarezza che la polvere emana verso l’acqua,

Miriadi di ceneri vibrando

Alla deriva indelebile.

 

Tra le piante

Sensitivo il silenzio amoroso

A due petali dall’incosciente.

 

Giardino bianco in una calligrafia dello spirito

Intorno all’impeccabile

 

Fogliame e sfaccettature granata

In liturgia di un soffio.

 

 

[p.36]

   

Il segreto parla all’eremita,

Un pugno di sale su

La scrittura delle labbra.

Scrittura invisibile

Che si dà apparendo.

Un lago bianco nel ruscello,

Un albero da frutta

Sotto una goccia di silenzio, scomparendo.

 

 

[trad. di Elina Patanè]  

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