Il
Che scrittore
In
occasione del 35mo anniversario della sua morte in Bolivia,
presentiamo un aspetto insolito della versatile personalità del
Che: quello di scrittore e poeta.
Il
breve racconto e le tre poesie sono state pubblicate sul n. 74
della rivista culturale digitale La Jiribilla
(www.lajiribilla.cu)
La Piedra
Ernesto Guevara de la Serna
Me lo dijo como se deben decir estas cosas a un hombre
fuerte, a un responsable, y lo agradecí. No me mintió
preocupación o dolor y traté de no mostrar ni lo uno ni
lo otro. ¡Fue tan simple!
Además había que
esperar la confirmación para estar oficialmente triste.
Me pregunté si podía llorar un poquito. No, no debía
ser, porque el jefe es impersonal; no es que se le
niegue el derecho a sentir, simplemente, no debe mostrar
que siente lo de él; lo de sus soldados, tal vez.
Fue un amigo de la
familia, le telefonearon avisándole que estaba muy
grave, pero yo salí ese día.
Grave, ¿de
muerte?
Sí.
No dejes de avisarme
cualquier cosa.
En cuanto lo sepa,
pero no hay esperanzas. Creo.
Ya se había ido el
mensajero de la muerte y no tenía confirmación. Esperar
era todo lo que cabía. Con la noticia oficial decidiría
si tenía derecho o no a mostrar mi tristeza. Me
inclinaba a creer que no.
El sol mañanero
golpeaba fuerte después de la lluvia. No había nada
extraño en ello; todos los días llovía y después salía
el sol y apretaba y expulsaba la humedad. Por la tarde,
el arroyo sería otra vez cristalino, aunque ese día no
había caído mucha agua en la montañas; estaba casi
normal.
Decían que el 20 de
mayo dejaba de llover y hasta octubre no caía una gota.
Decían... pero dicen
tantas cosas que no son ciertas.
¿La naturaleza se
guiará por el calendario?
No me importaba si la
naturaleza se guiaba o no por el calendario. En general,
podía decir que no me importaba nada de nada, ni esa
inactividad forzada, ni esta guerra idiota, sin
objetivos. Bueno, sin objetivo no; solo que estaba tan
vago, tan diluido, que parecía inalcanzable, como un
infierno surrealista donde el eterno castigo fuera el
tedio. Y, además me importaba. Claro que me importaba.
Hay que encontrar la
manera de romper esto, pensé. Y era fácil pensarlo; uno
podía hacer mil planes, a cual más tentador, luego
seleccionar los mejores, fundir dos o tres en uno,
simplificarlo, verterlo en papel y entregarlo. Allí
acaba todo y había que empezar de nuevo. Una burocracia
más inteligente que lo normal; en vez de archivar, lo
desaparecían. Mis hombres decían que se lo fumaban, todo
pedazo de papel puede fumarse, si hay algo dentro. Era
una ventaja, lo que no me gustara podía cambiarlo en el
próximo plan. Nadie lo notaría. Parecía que eso seguiría
hasta el infinito.
Tenía deseos de fumar
y saqué la pipa. Estaba como siempre, en mi bolsillo. Yo
no perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy
importante para mí tenerla. En los caminos del humo se
puede remontar cualquier distancia, diría que se pueden
creer los propios planes y soñar con la victoria sin que
parezca un sueño; solo una realidad vaporosa por la
distancia y las brumas que hay siempre en los caminos
del humo. Muy buena compañera es la pipa; ¿cómo perder
una cosa tan necesaria? Qué brutos.
No eran tan brutos;
tenían actividad y cansancio de actividad. No hace falta
pensar entonces y ¿para que sirve una pipa sin pensar?
Pero se puede soñar. Sí, se puede soñar, pero la pipa es
importante cuando se sueña a lo lejos; hacia un futuro
cuyo único camino es el humo o un pasado tan lejano que
hay necesidad de usar el mismo sendero. Pero los anhelos
cercanos se sienten con otra parte del cuerpo, tienen
pies vigorosos y vista joven; no necesitan el auxilio
del humo. Ellos la perdían porque no les era
imprescindible, no se pierden las cosas imprescindibles.
¿Tendría algo más de
ese tipo? El pañuelo de gasa. Eso era distinto; me lo
dio ella por si me herían en un brazo, sería un
cabestrillo amoroso. La dificultad estaba en usarlo si
me partían el carapacho. En realidad había una solución
fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la
quijada y me iría con él a la tumba. Leal hasta la
muerte. Si quedaba tendido en un monte o me recogían los
otros no habría pañuelito de gasa; me descompondría
entre las hierbas o me exhibirían y tal vez saldría en
el Life con una mirada agónica y desesperada fija en el
instante del supremo miedo. Porque se tiene miedo, a que
negarlo.
Por el humo, anduve
mis viejos caminos y llegué a los rincones íntimos de
mis miedos, siempre ligados a la muerte como esa nada
turbadora e inexplicable, por más que nosotros,
marxistas- leninistas explicamos muy bien la muerte como
la nada. Y, ¿qué es esa nada? Nada. Explicación más
sencilla y convincente imposible. La nada es nada;
cierra tu cerebro, ponle un manto negro, si quieres con
un cielo de estrellas distantes, y esa es la nada-nada;
equivalente: infinito.
Uno sobrevive en la
especie, en la historia, que es una forma mistificada de
vida en la especie; en esos actos, en aquellos
recuerdos. ¿Nunca has sentido un escalofrío en el
espinazo leyendo las cargas al machete de Maceo? : eso
es la vida después de la nada.
Los
hijos; también.
No quisiera sobrevivirme en mis hijos: soy un cuerpo
extraño que perturba a veces su tranquilidad, que se
interpone entre ellos y la madre.
Me imaginé a mi hijo
grande y ella canosa, diciéndole, en tono de reproche:
tu padre no hubiera hecho tal cosa, o tal otra. Sentí
dentro de mí, hijo de mi padre yo, una rebeldía
tremenda. Yo hijo no sabría si era verdad o no que yo
padre no hubiera hecho tal o cual cosa mala, pero me
sentiría vejado, traicionado por ese recuerdo de yo
padre que me refregaran a cada instante por la cara. Mi
hijo debía ser un hombre; nada más, mejor o peor, pero
un hombre. Le agradecía a mi padre su cariño dulce y
volandero sin ejemplos. ¿Y mi madre? La pobre vieja.
Oficialmente no tenía derecho todavía, debía esperar la
confirmación.
Así andaba, por mis
rutas del humo cuando me interrumpió, gozoso de ser
útil, un soldado.
¿No se le perdió
nada?
Nada –dije,
asociándola a la otra de mi ensueño.
Piense
bien.
Palpé mis bolsillos;
todo en orden.
Nada.
¿Y esta piedrecita?
Yo se la vi en el llavero.
Ah,
carajo.
Entonces me golpeó el
reproche con fuerza salvaje. No se pierde nada
necesario, vitalmente necesario. Y, ¿se vive si no se es
necesario? Vegetativamente sí, un ser moral no, creo que
no, al menos.
Hasta sentí el
chapuzón en el recuerdo y me vi palpando los bolsillos
con rigurosa meticulosidad, mientras el arroyo, pardo de
tierra montañera, me ocultaba su secreto. La pipa,
primero la pipa; allí estaba. Los papeles o el pañuelo
hubieran flotado. El vaporizador, presente; las plumas
aquí; las libretas en su forro de nylon, sí; la
fosforera, presente también, todo en orden. Se disolvió
el chapuzón.
Solo dos recuerdos
pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi
mujer y el llavero con la piedra, de mi madre, muy
barato éste, ordinario; la piedra se despegó y la guardé
en el bolsillo.
¿Era clemente o
vengativo, o solo impersonal como jefe, el arroyo? ¿No
se llora porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay
derecho a olvidar, aún en la guerra? ¿Es necesario
disfrazar de macho al hielo?
Qué sé yo. De veras,
no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que
aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo
magro y ella me diga: “mi viejo”, con una ternura seca y
plena y sentir en el pelo su mano desmañada,
acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como
si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque
los conductores rotos no la hacen llegar a las
extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que
acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea
y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No
es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno
lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”...
¿Está
fuerte? A mí
también me hace efecto; ayer casi me caigo cuando me iba
a levantar. Es que no lo dejan secar bien, parece.
Es una mierda, estoy
esperando el pedido a ver si traen picadura como la
gente. Uno tiene derecho a fumarse aunque sea una pipa,
tranquilo y sabroso ¿no?...
Y
AQUÍ
"Soy mestizo", grita un pintor de paleta encendida,
"soy mestizo", me gritan los animales perseguidos,
"soy mestizo", claman los poetas peregrinos,
"soy mestizo", resume el hombre que me encuentra
en el diario dolor de cada esquina,
y hasta el enigma pétreo de la raza muerta
acariciando una virgen de madera dorada:
"es mestizo este grotesco hijo de mis entraña".
Yo también soy mestizo en otro aspecto:
en la lucha en que se unen y repelen
las dos fuerzas que disputan mi intelecto,
las fuerzas que me llaman sintiendo de mis vísceras
el sabor extraño de fruto encajonado
antes de lograr su madurez el árbol.
Me vuelvo en el límite de la América hispana
a saborear un pasado que engloba el continente.
El recuerdo se desliza con suavidad indeleble
como el lejano tañir de una campana.
PALENQUE
Algo queda vivo en la piedra
hermana de las verdes alboradas
tu silencio de manes
escandaliza las tumbas reales.
Te hiere el corazón la piqueta indiferente
de un sabio de gafas aburridas
y te golpea el rostro la procaz ofensa
del estúpido "¡Oh!" de un gringo turista.
Pero tienes algo vivo.
Yo no sé qué es,
la selva te ofrenda un abrazo de troncos
y aún la misericordia araña de sus raíces.
Un zoológico enorme muestra en alfiler
donde prenderatus templos para el trono,
y tú no mueres todavía.
¿Qué fuerza te mantiene,
más allá de los siglos,
viva y palpitante como en la juventud?
¿Qué dios sopla, al final de la jornada
el hálito vital en tus estelas?
¿Será el sol jocundo de los trópicos?
¿Por qué no lo hace en Chichen-Itza?
¿Será el abrazo jovial de la floresta
o el canto melodioso de los pájaros?
¿Y por qué duerme mas hondo a Quirigua?
¿Será el tañir del manantial sonoro
golpeando entre los riscos de la sierra?
Los incas han muerto, sin embargo.
Canto
a Fidel
Vámonos,
ardiente profeta de la aurora,
por recónditos senderos inalámbricos
a liberar el verde caimán que tanto amas.
Vámonos,
derrotando afrentas con la frente
plena de martianas estrellas insurrectas,
juremos lograr el triunfo o encontrar la muerte.
Cuando suene el primer disparo y se despierte
en virginal asombro la anigua entera,
allí, a tu lado, seremos combatientes,
nos tendrás.
Cuando tu voz derrame hacia los cuatro vientos
reforma agraria, justicia, pan, libertad,
allí, a tu lado, con idénticos acentos,
nos tendrás.
Y cuando llegue el final de la jornada
la sanitaria operación contra el tirano,
allí, a tu lado, aguardando la postrer batalla,
nos tendrás.
El día que la fiera se lama el flanco herido
donde el dardo nacionalizador le dé,
allí, a tu lado, con el corazón altivo,
nos tendrás.
No pienses que puedan menguar nuestra entereza
las doradas pulgas armadas de regalos,
pedimos un fusil, sus balas y una peña.
Nada más.
Y si en nuestro camino se interpone el hierro,
pedimos un sudario de cubanas lágrimas
para que se cubran los guerrilleros huesos
en el tránsito a la historia americana.
Nada más.