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Entre la sangre y la orquídea
Eva Durán Escritora, poeta y periodista colombiana.
Los textos entre comillas pertenecen a la antología Luna de Ciegos, del poeta colombiano Juan Manuel Roca. Editorial Universidad de Antioquia. Abril de 1991.
El 28 de febrero pasado abordé un bus intermunicipal rumbo a Cartagena, para cumplir mi cita anual con el Festival Internacional de Cine. Me senté en la última silla de la fila derecha, junto a la ventana. Me quité las botas, los lentes, el reloj y el celular, y los coloqué en un bolsillo de la maleta. Me senté en posición de loto, crucé los brazos y cerré los ojos. De repente, a los tres minutos de haber salido de la terminal, los pasajeros de las primeras filas empezaron a gritar.
Abrí los ojos y vi a seis muchachos muy jóvenes, que armados de pistolas, golpeaban a los pasajeros exigiéndoles dinero. Era un asalto. Otro asaltante (un muchacho de no más de 22 años) golpeaba a mi lado al cobrador con la cacha de su revólver, exigiendo que le entregara todo el dinero. Entonces vi con terror que el pasajero que estaba a mi lado, sentado al borde del pasillo (un comerciante guajiro, según me enteré después), sacó un arma y le disparó varias veces al asaltante que golpeaba al cobrador. Cuando eso te pasa, la primera reacción es de incredulidad. No puedes creer que eso te este ocurriendo precisamente a ti. El tiroteo se intensificó. El bus aceleró. Yo salté por encima de ellos y en medio de las balas atravesé el pasillo y corrí hasta la cabina del conductor, quien arriesgando su vida, pisó el acelerador al máximo pese a que un asaltante le ordenaba a gritos y amenazándole con un arma que se detuviera. Finalmente paramos a pocos metros de una estación de policía. La puerta se abrió, salieron cuatro asaltantes que inmediatamente se internaron en el monte; detrás salí yo, presa de un ataque de histeria. Sobre mi puesto, yacía el cadáver del quinto asaltante, el muchacho que revólver en mano le exigía al cobrador que le entregara todo el dinero.
Los
pasajeros capturaron en el interior al sexto. Lo bajaron a rastras y
ante la mirada
impávida y complaciente de los policías le dieron una tunda de
golpes. La policía bajó las maletas y no dejó subir a nadie. Me
entregaron mis botas y mis dos maletines. Ni del celular, ni de los
lentes de sol, ni del reloj volví a saber nada. Era imposible subir
al bus a buscarlos antes de que llegara la fiscalía a realizar el
levantamiento del cadáver. Estaba oscureciendo, estábamos a la salida de Barranquilla, casi en medio
de la nada, y de la nada apareció una multitud de curiosos que se
turnaban para darle puntapiés y golpes de toda índole al cuerpo
que sin oponer resistencia y sin proferir una queja, se revolcaba en
el piso custodiado por cuatro policías. Uno de los uniformados lo
reconoció como uno de los asaltantes capturados en el mismo sitio
el mes pasado - "No entiendo que es lo que pasa" - dijo
con acento paisa - "uno los coge, pero como la gente no
pone la denuncia, salen enseguida, péguenle duro a ver si aprende".
En ese momento recordé a Feliciana, una médium de la Sociedad
Espiritista quien me dijo una vez: "Nunca apoyes un
linchamiento. Cuando veas que una persona está siendo linchada,
piensa en su madre, en el dolor que eso le causará a
su madre". Y sí, pensé en el dolor de las madres de ese par
de muchachos equivocados.
El que murió en el interior del bus y el que era golpeado por la
multitud; los imaginé despidiéndose de sus madres esa mañana, sin
que tal vez ellas supieran para donde, a que se dirigían. (....) Un viento dulce acaricia mis cabellos. Acaso sean las manos ausentes de mi madre".
¿Cómo juzgar el pragmatismo de la policía? ¿Cómo juzgar al comerciante guajiro que disparó salvándonos a todos? Empapado en sangre, y con el arma a la vista de todos, fue felicitado tras la faena y embarcado en un taxi. Mi hermano menor, suboficial de la policía nacional me lo decía alguna vez: "La vida real no es poesía, no seas estúpida. Si tú estuvieras en la calle y te enfrentaras como a mí me toca con esos malandros harías los mismo. Si les das una tunda escarmientan y no lo vuelven a hacer. Si no escarmientan se ponen peor y la próxima los matas. No existen estaciones de policía para ellos, todas están llenas, son demasiados. La cárcel no acepta uno más, y la gente no los denuncia y salen enseguida. ¿Qué harías en mi lugar hermanita? Son ellos o eres tú. Es muy fácil criticar cuando no se está en pellejo ajeno. ¿Qué harías en mi lugar? No, no lo sé hermano mío, no sé que haría en tu lugar. No tengo la menor idea. Pero sucede que yo soy afortunada, no estoy obligada a defenderme con un arma. ¿Cómo juzgar al que lo hace?
"Y yo que nunca fui a la guerra pero tengo un alma amotinada, yo que nunca quise ser soldado pero sé guardar mi corazón en la trincheras, recostado en olorosos pastizales festejo mi franquicia para el sueño"
podemos desaparecer definitiva o temporalmente, hasta ser encontrados en el borde del camino, en el adentro de la zanja.
nos está matando la alegría, nos está matando a los que sueñan, a los hombres que dan voz al limpio viento. La paz es sólo una palabra en los arrugados papeles que arrojan en letrinas los disfrazados querellantes. La voz del gran mudo, nada dice. Ella espera instrucciones.
más amigos en las tumbas que en los bares, me hago hermano del hermano de los muertos, enamorado de los que aman el amor de los vivientes"
Solo
entonces me di cuenta que llevaba la ropa salpicada de sangre.
"Cada noche, en las calles de erizados vecindarios, escucho
las bocas que cantan el danzón de las pistolas,
como fruta madura se desangra. Nuestro país (si alguna vez ha sido nuestro) no perdona la risa de los niños. Cada mañana un cadáver en las plazas. Cada noche mujeres visitadas por el miedo que golpea las ventanas. Cada palabra: un pájaro tocado por la muerte en pleno vuelo. Alguien llega. Pienso que viene por mis manos"
Cronopios@cable,net.co 17 de Abril de 2004
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